LOS DOMINGOS

Por Olga Trujillo

El lunes ya es domingo para mi. Pensar a qué hora será el partido, dónde y con quién se quedarán los críos, si tengo las vendas en la maleta y el uniforme limpio. ¿Acaso esta vez sí meteré la colada? O los tiros de regalo frente a la línea. En seis partidos el corazón ha respondido como hasta hace diez años, no quisiera decir que menos, pero el cuerpo, ay ese lamento del presente, no ha querido del todo. Del último juego había regresado con la rodilla raspada que no dolía tanto como mi rostro de vergüenza por no haber metido un solo punto. Y eso que jugué los cuatro cuartos. ¿Jugué? Bueno, pero ganamos y no lo habíamos podido lograr en cinco encuentros seguidos. Ayer pensé en cómo volver a disfrutar del domingo con otro triunfo pero sin lamentar las fallas que el cuerpo se empeña en coordinar.

Me llevé a Beethoven en la bolsa. Tenía tiempo para conducir, inhalar, exhalar, filtrar los pensamientos y dejarlos con cinturón de seguridad encerrados en el coche. Antes de bajarme debía cerrar con cuidado de no llevarme alguno. ¿Y si la fallo? Me volvía a acalambrar. Llegué apenas. El marido enfermo tuvo que resignarse minutos antes en la casa al verme salir uniformada, pues quizá en su achaque de la espalda pensó que me quedaría a darle fomentos. Lo llevé con su mamá. Necesitaba jugar. “Yo sólo espero los domingos y lo sabes” le dije.

En la cancha el color de nuestro uniforme a la Delle Donne se veía más azul que nunca. Mientras las demás calentaban, yo pensaba en que todavía no me ponía las vendas en los tobillos, “no pasa nada”, sólo por hoy, pensé. Arrancamos y nuestra rival de 1.78 peso completo no dejaba de encestar, es más, si de cabeza lo hubiera intentado seguro la metía. Nos aventajaron nueve puntos. ¡Vamos! Gritaba desde la banca en el segundo cuarto mientras me descansaron –al menos ya metí una— pensé y aproveché para ponerme las vendas. Un ritual, creo.

De regreso al tercer cuarto volví a jugar. Esta vez la grandota no haría más daño. Me pensé de 26. Aceleré, defendí tanto a las rivales como a mi orgullo por el penúltimo encuentro. El cuerpo y yo nos saludamos. El viento conjuró y la mujer que nos había metido ya 12 puntos, no pudo controlar la decisión de nuestro rostro, así que ni en ese cuarto ni en el siguiente pudo anotar una sola canasta más. Ganamos. Me fui con seis tantos. Pocos, pero con la firme convicción de que ser para ser letal no tengo que esperar los domingos. El siguiente sábado, por puro gusto, practicaremos el sistema que una querida compañera lesionada nos recomendó: “Marear al oponente”.

Captura de pantalla 2014-12-08 a la(s) 11.51.03

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s