VENDER LLAVEROS PARA REPRESENTAR A LA UNAM

“El basquetbol no te deja nada”, le dicen los profesores de la carrera de Actuaría a Diana Cerecero, quien éste sábado fue reconocida por la fraternidad de basquetbol de la UNAM durante su reunión anual como la mejor jugadora del equipo de basquetbol universitario del 2013.

Sin embargo, así como sabe controlar el balón, la universitaria  maneja las palabras a su favor: Tiene 8.2 de promedio como resultado de su tercer semestre; nada mal para una carrera que exige habilidad en los números, esos que ella prefiere ver en las estadísticas de sus compañeras a la hora de jugar:

“Soy ‘core’ y me preocupo porque las demás hagan su función, me gusta dar asistencias”, dice Linet quien eligió al basquetbol desde los 8 años como un pasatiempo de consolación luego de que su mamá le prohibiera probarse en el fútbol por aquello de los estereotipos y el miedo a las preferencias sexuales ‘equivocadas’, “también me decía que ahí me lastimaría más”, cuenta. 

De hecho, su destacada labor también ha sido reconocida por instituciones privadas como el Tec de Monterrey o La Salle, escuelas que se le han acercado para ofrecerle un lugar en su equipo de basquetbol así como becas, pero la universitaria de 19 años piensa que “se siente más bonito representar a la UNAM”.

El amor a la camiseta implica incluso tener que vender llaveros, una alternativa económica que Diana, sus compañeras y varias generaciones han practicado en dicha institución pública para recaudar fondos y así pagarse giras al extranjero con tal de tener fogueo: “En verano de este año fuimos a Costa Rica y le ganamos a la Sub 17, el viaje nos costó 10 mil pesos por persona y con la recaudación lo logramos, pero íbamos muy limitadas”, lo mismo pasa para tener uniformes pues “a veces nos dan”, dice mientras carga el que ese día recibió junto con el equipo y que usará, hasta nuevo aviso.

La ausencia de apoyo para el deporte en la UNAM tiene dos caras: Una, la de los profesores poco interesados en difundir la cultura deportiva y dos, la de la cuestionable coordinación de actividades deportivas que está rebasada por un gigante de más de 330 mil jóvenes quienes como Diana, tienen que hacer doble labor para poder representar a la institución. Nada revelador.

Aunque Diana no es una joven común, sufre los mismos problemas que la mayoría de sus colegas que practican deporte, idéntico que las generaciones anteriores. Tal parece que en la UNAM la escuela y el deporte, son un partido que no se puede jugar en la misma cancha.

 

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